Cualquier tiempo pasado fue mejor | Paco Villarreal

Paco Villarreal

Algún aspirante a candidato decía que buscaría devolver la grandeza a Nuevo León (como Trump). A mí me emocionó hasta las lágrimas. Aunque no estoy seguro a qué se refería con “grandeza”. ¿Las dimensiones casi continentales del Nuevo Reino de León? ¿La extensión federalista de Vidaurri que incluyó a Coahuila? ¿La ínsula de Bernardo Reyes antes de la catafixia con Coahuila para conseguir un puerto fronterizo? ¿El archipiélago de estados neofederalistas?

Mejor enjugué mis lágrimas porque la verdad no me queda clara esa grandeza, como no sea en hectáreas. Es como el nuevo Nuevo León del senatore, que también me confunde mucho. Porque ese “Viejo León” no es otra cosa que el Nuevo León mítico guisado con los atributos de aquella grandeza que no es rigurosamente exacta, o a lo mejor ni fue, pero es en lo que creemos. Así que los “viejos leones” del senatore empezarían contando a todos los próceres locales, desde Del Canto, Montemayor y Carvajal. A menos que pretenda refundar el estado, no veo la manera de divorciarnos de nuestra historia ni de recuperar grandeza alguna.

Esta moda de reivindicar el pasado no la inició, pero la ha lucido particularmente el propio don Andrés Manuel López, más juarista que liberal. El Juárez de la 4T también es un retorno a los mitos fundacionales, la continuación más o menos ilustrada de la 2T, la segunda revolución en México. Don Benito no era la perita en dulce que nos han inculcado, pero tampoco el ente diabólico-marxista que quieren ver rabiosos “historiadores” reaccionarios como Carlos Salmerón o Salvador Abascal, que tanto se veneran en la ultraderecha. Pero así es el nacionalismo, necesita alguna suerte de solidez así sea mítica: congelar el charco para patinar encima.

Ese mismo estilo mítico nacionalista aparece profusamente en la precampañas y posicionamientos de algunos precandidatos y partidos políticos. Como niños de preescolar, esgrimen sus crayones garabateando el idílico paisaje de un pasado feliz que hay qué recuperar y que, por supuesto, sólo puede lograrse de la mano de ellos. Y sí, hay tontos que se lo creen. Con más frecuencia escucharemos sobre lo bien que se vivía cuando nos gobernaba tal o cual partido, y lo mal que vivimos hoy que nos gobierna este otro. Nos lo creemos porque, a menos que hayamos sido brutalmente victimizados en el pasado, nuestra memoria siempre será selectiva y miope, tendemos a recordar lo cercano y agradable. Sí, ¡pero no! Ni fuimos bien gobernados en el pasado, ni lo somos ahora. Nuestra medida real no es lo bien sino lo mal que estamos hoy. Don Andrés Manuel y don Jaime Heliodoro hacen bien en describir nuestra triste realidad actual como una consecuencia de un pasado lejano o inmediato, pero identificar un obstáculo no significa superarlo.

Esa miseria magnífica del ayer es suficiente para evidenciar a cualquier candidato o partido que pretenda apoyarse en el pasado (y el pasado empezó hace un segundo). O es un mentiroso o, peor aún, es un ignorante. Y en ninguno de ambos supuestos podrá ser un buen gobernante. Nosotros mismos no podremos ser buenos gobernados si preferimos sacar de contexto los versos de don Jorge Manrique y ensoñar con aquello de que “cualquiera tiempo pasado fue mejor”. El capitán Manrique de Lara decía verdad en sus coplas, sólo que él se refería a ¡un muerto! Obviamente, desde esa perspectiva no se puede estar peor.

La Historia, la que nos enseñan, podría ser un buen instrumento si no estuviera divorciada de la Antropología. Es fácil recordar el pasado como una sucesión de anécdotas, pero eso no explica los hechos ni define a las personas. Y así sucede con Benito Juárez, Porfirio Díaz, Enrique Peña Nieto o Rodrigo Medina. Como individuos son su intimidad, como hombres públicos son sus circunstancias. La Historia, la convencional, nos da un esbozo digerible. Sólo la Antropología nos dará una visión científica, hechos y personas en su peculiar realidad, el momento histórico en su propio jugo. Sobre todo en el caso de mandatarios que, al serlo, dejan de ser personas para convertirse en un hecho histórico mensurable. Y ese hecho histórico no lo explican ni los medios de comunicación, ni las redes sociales, ni columnistas, ni calumnistas, ni correligionarios, ni adversarios, y mucho menos las campañas electorales.

Así que no nos hagamos patos, ni gansos, ni gaviotas tricolores, ni pájaros azules. Cualquier candidato o funcionario que nos intente dorar la píldora con una referencia a un pasado feliz merece una sonora y grosera trompetilla. Es peligroso creer en ese pasado impreciso. Sobre todo ahora que en México se perfila esa aberración política de las alianzas que nos encamina a un bipartidismo de facto. No tendría nada de malo, pero sin ideologías claras y con injerencias oligárquicas, sólo apelan a la nostalgia por un pasado irreal, o a una venganza popular por lo mismo. Algo así como una desarmada guerra civil con generales enanos en el tapanco. Un duelo de gritones que no buscan constituir un orden político y social sino más bien una gerencia nacional.

Como sea, a como veo las precampañas, creo que estamos jodidos todos ustedes menos mi compadre también.

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